domingo, 31 de agosto de 2025

Puertas y ventanas

























Dicen que cuando el universo cierra una puerta, abre una ventana. Supongo que es la manera de entender que lo que entra o salga de tu vida, depende más del destino que de nuestra voluntad y que hay que estar tranquilo porque a fin de cuentas, la vida tiende a ir a mejor y Dios aprieta pero no ahoga, aunque a veces lo parezca.

Agosto se ha convertido en ese puño que te estruja hasta dejarte asfixiado y cuando hemos retomado el aire, éramos de pronto personas distintas. 

David y yo nos separamos definitivamente. Nuestra historia de amor y los cimientos de la familia son tan sólidos que nada podrá ponerlos nunca en jaque. Está siendo muy duro recolocarnos después de tantos meses de caos y crecimiento individual y como familia. 

Aún nos estamos reconociendo a nosotros mismos e intentando dar los primeros pasos hacia nuestras nuevas vidas que, sin duda alguna, albergan prodigios maravillosos. No merecemos menos que eso. Y estaremos celebrándonos siempre el uno al otro. Somos compañeros de viaje por encima de cualquier otra cosa y para toda la eternidad. Sólo tengo gratitud hacia lo que hemos sido, vivido y creado y sé que nos vamos a cuidar y honrar toda la vida. Porque no hacerlo sería ir en contra de lo más sagrado que somos y tenemos, el amor. Un amor y un respeto que nunca van a desaparecer.

Pese a la tormenta de agosto hoy cerramos el mes yendo a Cambridge a pasar la mañana, estaba preciosa, como siempre y, como siempre, me sentí bendecida al poder pisar sus calles, formar parte de su historia. Así vivo ahora mi vida, sintiendo el privilegio de estar viva en mi cuerpo. En el mío y no en otro, en mi historia, y no en otra. Repitiendo cada paso del camino para llegar a sentir lo que siento ahora, una paz absoluta y la certeza de que, pese al dolor, no creo que haya una persona en este mundo tan agradecida como yo por cada fragmento de vida que me conforma. Hasta el último segundo de mi existencia ha sido necesario. Y lo digo aún con los ecos de un gran dolor pero un orgullo todavía mayor.

Desde la convicción de que somos todo lo que en algún momento hemos (o no) hecho, pensado, dicho y sentido, no tiene ni siquiera sentido pensar que podemos escaparnos a las consecuencias de nuestra propia vida y desde ahí es desde donde hay que hacerse cargo y perdonarse no solo por haber hecho daño sino también por haber consentido que otros nos lo produzcan y no habernos defendido antes o mejor. Pero al final todo consiste en perdonar, aceptar y seguir adelante con un aprendizaje tratando de ser mejores para nosotros mismos y para los demás. 

Si cada uno, que sabe perfectamente todo lo que ha hecho o no y por qué, actúa como su propio juez, tendrá muy claro, incluso con un sistema de creencias limitantes decorando el espíritu, cuál será su veredicto, aunque a veces, uno usa la ley del embudo cuando juzga a otro: "Ancho para mi y estrecho para los demás". Tendemos a ser más benevolentes con los errores propios que con los ajenos. Y esta es la gran lección: Que todos, absolutamente todos, cometemos errores y acertamos. Y todos merecemos siempre la oportunidad de seguir adelante siendo perdonados, aunque el dolor no se pueda revertir. Pero el perdón y la compasión son importantes porque si no nunca saldríamos de la infinita espiral del dolor, resentimiento y venganza.

Yo intento ser todo lo justa que puedo y me esfuerzo por ser tan decente y bondadosa como sea capaz, entregada a hacer todo el bien posible y evitar la mayor cantidad de daño. Porque el dolor, solo atrae dolor, y en algún momento hay que romper el ciclo. Ojalá fuera yo el último eslabón de esa cadena.

Hasta entonces doy las gracias una vez más por tener la oportunidad de probarme como mujer en un mundo de hombres, como ser humano en un mundo bastante deshumanizado, de ir mas allá, de dejar que la vida me lleve donde se me espere y por sentir la fuerza que me mueve a creer que todo va a valer la pena. 


jueves, 31 de julio de 2025

De las estrellas












































Hoy me siento en absoluta paz, un sentimiento de los más placenteros que alguien pueda experimentar jamás. La sensación del deber cumplido. A cero la lista de asuntos pendientes. Un día para dedicarlo a vivir desde la alegría, desde el prodigio de entender lo valioso del tiempo. Lo único que poseemos en realidad en esta vida, porque lo otro, el amor que acumulamos, viene siempre con nosotros, vida tras vida, a lo largo de toda la existencia. Todo pasa, pero todo permanece, somos un árbol milenario guardando en sus anillos las estaciones que, una tras otra, van desembocando en una muerte que no cesa pero que permite a la vez la vida. Así en invierno nos sentimos desnudos, vapuleados por el frío, pensando que la primavera nos ha abandonado. Pero el árbol no se rinde porque recuerda que la primavera sólo es posible tras el invierno y que indefectiblemente vendrá y con ella los pájaros, las flores, las abejas... la vida volverá cuando esté lista para desplegar todo su esplendor. Mientras tanto, enero lo baña en escarcha, el verano ofrece sus frutos, otoño sus colores. Ese es el baile de la existencia, todo hermosamente necesario. Lo que ocurre no es posible sin lo anterior.

Yo bendigo cada paso del camino, cada fragmento de eternidad que me permite ser lo que soy y lo que gracias a ello seré. Me siento más preparada que nunca para que esa paz guíe mi vida y me lleve o me devuelva a las estrellas.