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jueves, 7 de marzo de 2024

Del amor y los sueños











El año pasado escribí en el cumpleaños de Naia que ojalá el próximo caballo que montase fuera suyo. A finales de marzo ya teníamos a Lottie.
Beauty y Bam Bam llegaron a punto de acabar agosto.
En menos de un año pasamos de no tener ninguno a tres caballos. Y pasamos de ser una familia de seis a una familia de nueve.
Durante estos meses de aventura, de aprendizaje, de unión entre nosotras y con ellas, no ha habido un solo día en el que pese al frío, al calor, al barro, la lluvia, los bichos, la frustración, el cansancio… Naia haya dicho no o torcido el gesto por tener que ir a verlas cualquier día de la semana, tarde o temprano, con el sol recién puesto o con la luna testigo de nuestros pasos.

Naia es mi yo niña pero con la posibilidad de cumplir su sueño.
Naia cumple trece años y todos los regalos pensados me parecían muy lejos de lo que ella merece.
Pensé en qué es lo que le haría más feliz, cómo podría recompensar esa capacidad tan suya de mejorarlo todo. Y lo que vino a mi cabeza fue ella abrazando a Beauty, queriéndola, derribando una a una sus barreras para llegar a un corazón que latía fuerte pero parecía inquebrantable. Un corazón herido que se presentó casi impermeable a las caricias pero ahora las reclama, nos busca, nos quiere. Y nosotros la adoramos.
Pese a que era “mi” caballo, es ella quien la monta, quien más cree en ella, quien le inspira y le da la confianza y el valor para avanzar juntas.

Hace mucho que entendí que no se puede poseer una vida o el amor. Por eso yo hablo de mis animales y los siento como un miembro más de la familia y no como una posesión. 
Yo no quiero ni puedo —cómo podría— poseer ninguna vida más allá de la propia.

Intento explicarles a mis hijos, sobre todo cuando se interesan en saber a cuál de los tres quiero más, que el amor es infinito, que nunca se divide, siempre multiplica, que puedes amar a muchos seres vivos sin límites, sin noción del tiempo, sin fronteras.
Les digo que se centren en querer y en quererse y que den y se den todo el amor del que sean capaces, que no se dejen nada en los bolsillos.

Beauty no me pertenece, como no lo hacen mis hijos, David, o nadie por mucho que les ame o haya amado. Pero hoy le he puesto a esa belleza negra un lazo en la cabeza para que Naia sienta que es suya.

No le estoy regalando un caballo, le estoy diciendo que la amo tanto que soy capaz de entregarle sin pensarlo el sueño de mi vida solo por verla sonreír de esa manera.

Feliz cumpleaños, Naia.
En realidad el sueño eras tú.

domingo, 2 de julio de 2023

La entrada número 100





A lo largo de 100 entradas he ido contándome y contándoles acerca de nuestra vida. Jamás hubiera pensado que iba a tener la constancia y la paciencia para continuar este proyecto tantos años. Primero en el blog de Gael, hace más de quince años y luego en este, antes de que Naia naciera.

Me encanta cómo ahora me reclaman que lo actualice, nuevas fotos y palabras en las que verse y mostrarse a los demás. Es una ventana a nuestra memoria, una maravillosa máquina del tiempo para reencontrarnos y reconocernos.

Cuando volvamos la vista atrás y llegue a esta entrada número 100, encontraremos un momento catártico. La historia de un sueño y una pasión unidas por el destino. El sábado, 25 de Marzo conocimos a Lottie. Algo mágico ocurrió y fue imposible no quererla en nuestras vidas.

El inolvidable cumpleaños de Naia













Llevaba semanas intentando cumplir el deseo de Naia de aprender a montar a caballo. El que fue mi sueño ahora se convertía en el suyo y el de Elsa. No fue nada fácil hacerlo posible pero gracias a un amigo que tenía una amiga con caballos, conseguimos que se hiciera realidad. Naia y Elsa montarían a River una vez por semana y aprenderían todo sobre cómo cuidar a un caballo. El regalo en realidad sería para las tres, porque no puedo negar que yo estaba tan emocionada, o más, que ellas.

El día de su cumple revelamos la sorpresa, fuimos a conocer a River y pasamos un día realmente inolvidable. Tanto que ese día nos cambió la vida y dio paso a una de las decisiones más importantes y hermosas que hemos tomado nunca.

Hace veinte años escribí unos versos que por fin se harían realidad:

Y sé que no debo rendirme, 

que debo llegar al final de ese camino 

donde me esperan la casa, el caballo, 

el azul metálico de los cuentos.

 

Cuatro meses después aún me cuesta creerlo, pero todo lo que alguna vez deseé en la vida, se ha hecho realidad. Qué suerte la mía.