lunes, 31 de agosto de 2026

La llamada

 













































Hay algunas llamadas que uno no puede dejar de esperar y a la vez temer porque en realidad son puertas a dimensiones desconocidas. Y digo desconocidas, pero lo cierto es que no lo son, uno sabe perfectamente lo que hay al otro lado.
Son llamadas que uno siempre atiende, aunque, en mi caso, será una rareza que coincida el momento de la llamada con mi atención sobre el teléfono, que siempre está en silencio y boca abajo, lejos de mi realidad. Se me perdone la demora.

Pero cuando mi hermana me llamó supe de qué llamada se trataba. Y parecía la última. Cogí un avión que llegó a medianoche. Mi primo Sergio me esperaba para llevarme directo a Córdoba.
Llenamos las cinco horas de carretera tratando de mantener la calma, desgranando nuestra disparatada infancia, lo divino y lo humano, viendo estrellas fugaces, hablando con gatos mientras el coche, milagros absurdos de la tecnología del S. XXI, se cargaba para que pudiésemos proseguir el viaje. Mi hermana nos esperaba en Trassierra, en casa de mi prima María.

Cuando llegamos el alivio era no haber recibido ninguna llamada. Si todo iba bien a la una del mediodía podríamos ver a mi padre.
Se esperaría en esas circunstancias la llamada que te traiga la sorpresa de una mejoría inesperada, pero uno sabe que si suena el teléfono es para anunciar la catarsis.

Los días que siguieron fueron extraños, dolorosos, confusos, pero pese a lo crítico del momento, lo que había era paz y un amor que hicieron que acabáramos recitando poemas y cantando, hablando de metafísica, del amor y la amistad y diciéndonos que nos queremos mirándonos a los ojos y sin miedo.
Cada vez que se muere, ambos, resucitamos más y mejor.

Así las horas se llenaron con gente muy querida, lecturas de tarot y conversaciones maravillosas en la cafetería del hospital regadas con cerveza bien fresquita para paliar las brasas cordobesas.
Y se llenó de tiempo con mi hermana que nos permitió ver eclipses, tormentas eléctricas que parecían invasiones alienígenas y le descubrí Cuatro pesos de propina, otro regalo de Spotify. 
Pero sobre todo nos acompañamos, sonreímos y nos agradecimos la presencia.

El día del eclipse me permití vivir el milagro, la coincidencia de los astros y los elementos. He decidido permitirme la vida, entera, como viene, con todas sus bendiciones, para seguir honrándola, colmándola y colmándome de propósito, alegría y amor.

Así que cuando mi padre salió de peligro, volví a Cambridge. Ya ha podido volver a casa y sigue mejorando poco a poco.

Le vamos todos perdiendo el miedo a la próxima llamada porque en realidad, si uno se para a pensar, una llamada es uno mismo anunciándose desde otro lado, recibiéndose desde otro cuerpo, desde otro lugar del tiempo y el espacio.
La magia de reconocerse es saber que pase lo que pase, siempre hay donde volver o donde quedarse.

En casa vivimos en el presente.
Gael, a punto de empezar la universidad, es un hombre fascinante. Pasamos horas hablando, encontrándonos, conociéndonos, creciendo el uno gracias al otro. También él necesitaba permitirse la vida. Qué bonito cómo nos la permitimos juntos.

Naia comienza Year 11 en unos días. Va a ser un año de cambio, de enfrentarse a su propia naturaleza y empezar a domarla, de decidirse a ser quien es, de darse alas y cuerda.
Ese es también el proyecto que tiene con Bam Bam. Naia, susurradora de caballos, ya tiene un plan. Sólo necesita irse liberando del miedo: permitirse sentir, pero no atender esa llamada. Tiene que encontrar cómo conectar con la otra, la que te busca para decirte que todo está bien. No me cabe duda de que sea lo que sea donde ella ponga el corazón, le llevará a buen puerto.

Elsa, mi pequeño pajarito, canta cada día desde un lugar más mágico y se encarga de sorprenderme con su inteligencia, su carisma, su energía arrolladora. Quiere y a la vez no quiere crecer. Tenemos un lenguaje propio de miradas y silencios, bailamos y cocinamos juntas, salta en mí como si fuese un mono, reímos a carcajadas...
Un paraíso, mi niña bonita.

Yo he aprendido a ser lo que toque en cada momento siempre y cuando respete mi esencia, a convertirme en lo que haga falta para honrar lo que soy y represento; por encima de todo, un amor que siento la fuerza del Universo. No como si el amor que siento viniera del universo; es que siento el universo entero en mí. 
Ese es el amor que habito. Esa es mi llamada.

miércoles, 29 de julio de 2026

La década prodigiosa










































Justo hoy, hace diez años, cambiamos nuestra vida en España por Inglaterra y un futuro tan incierto como inevitable.

Me gusta de pronto pensar en este proyecto como si fuera una especie de diario al que volver para hablar conmigo misma a través del tiempo, para dialogar con mis hijos y quién sabe si ayudar a otras personas buscando sus propias preguntas o respuestas.

El 29 de agosto de 2016, mientras me despedía de mi casita y mis perros, que hasta algo después no pudieron venir, subiéndonos al coche para ir al aeropuerto, mi hermana, mucho más bruja de lo que se cree, me dijo “No vas a volver”. Llorábamos ambas conscientes de que así iba a ser. De alguna manera, absurda entonces porque no era ese el plan, teníamos la certeza de que yo ya pertenecía a otro lugar.

Cada paso que he dado en mi vida lo he hecho desde ahí, siguiendo un llamado que me dice dónde quedarme o cuándo irme, y que pone a mi cuerpo al servicio de mi alma.

Nuestra vida en esta década ha sido un prodigio y me siento bendecida, entendiendo por primera vez en su auténtica dimensión el significado de esa palabra.

Yo creo en la magia de lo inexplicable y llevo toda mi vida dedicada a intentar comprender a la sociedad y la incoherencia en la que la gente se empeña en vivir y a buscar soluciones factibles para que dejemos de dañarnos y empecemos a amarnos sin miedo ni vergüenza. Porque la respuesta siempre es el amor, el de verdad, ese en el que siempre quieres lo mejor para el otro, sin importar cuánto te duela que la elección no trate de ti y respetas la vida ajena tanto como la propia.

He pasado la vida entera al servicio, en primera línea de batalla a través del trabajo social, la atención a personas con discapacidad intelectual y autismo en la durísima industria de los cuidados y de servir durante 13 años a la función pública en el mundo de la Cultura institucional, en la que creo profundamente, y cuya razón para irme fue, en parte, motivos de conciencia.

He estudiado e investigado incansablemente sobre la mente y el comportamiento humano y los procesos del alma.

Jamás he pertenecido a ninguna sociedad o religión y sin embargo soy profundamente espiritual, rozando la mística. Soy cristiana y budista y siento que mi vida rebosa abundancia y sentido. No siempre ha sido así pese a mi increíble suerte y mi inagotable optimismo.

La mujer que llegó rota a Cambridge en un viaje bien surrealista brilla ahora y le da fuerzas a aquella valiente que cruzó el charco del miedo con su vida en cinco maletas y sus tres hijos de la mano, donde les llevara la vida.

David nos esperaba en un nuevo hogar que rebosaba amor.

Qué magia la del tiempo que permite que todo siga intacto por más que haya desaparecido.

Hoy doy, más que nunca, gracias a la vida, que me ha dado tanto.