jueves, 30 de abril de 2026

De Roma y sus caminos









































¿Cuántas maneras hay de llegar a un mismo sitio? ¿Cuántas veces el mismo camino resulta diferente y los nuevos conocidos?

Reflexioné mucho acerca de ello cuando hice el camino de Santiago. Entonces era voluntaria de Cruz Roja y fue un viaje iniciático, uno de esos de los que no se vuelve. O se vuelve, claro, pero siendo distinta. Dos grandes acontecimientos ocurrieron. Durante el camino cumplí la mayoría de edad y, a la vuelta, desarrollé súbitamente el arte de la blasfemia heredada de mi padre, como por generación espontánea, igual que cuando, milagrosamente, aprendí a aparcar después de haber estado dos semanas sin conducir. Hacía un año que me había sacado el carnet y aparcaba francamente mal, al punto de que a veces formaba colas en la calle y lo que hacía era pedirle al del coche de atrás, muy simpaticona yo, que si me lo podía aparcar, que los espacios eran contados y si no, no nos íbamos a mover ninguno. Siempre se apiadaban y me lo aparcaban. A mi favor diré que conducía un Seat Ibiza Comfort rojo, con matricula con letras JH, que por supuesto significaba José Hierro y yo, para darle una dimensión nueva, le llamaba Pepiño. Pero Pepiño era macizo, no tenia dirección asistida y a veces ni Hulk Hogan para mover el volante. Un día -debí haber desarrollado músculo también- de pronto no dudé de cómo hacerlo y simplemente lo hice desde entonces sin dudar. Es como aprender a caminar, no importa cuándo o en qué camino. Una vez que aprendes la mecánica, ya todo depende de suelo que pises. Todos están llenos de piedras-dudas hasta que dejas de dudar y simplemente continúas, un pie detrás del otro, pese al cansancio, al dolor, al absurdo quizás del viaje. No puedes dejar de maravillarte con todo lo que trae, por cada sitio al que te lleva y todo engrandece aún más lo anterior. 

Al final de lo que se trata es de que cada uno llegue donde le llame la vida pero sobre todo de que cada paso nos contenga, que nos lleve siempre con nosotros, hacia nosotros, donde nos esperamos a nosotros mismos y nos miramos orgullosos, reconociéndonos, agradecidos de haber llegado a Roma, no importa por qué camino.

Y cuando digo Roma, quiero siempre decir amor. 

viernes, 10 de abril de 2026

La madurez


















Gael cumple hoy 18 años. 

Nació a las seis de la tarde después de una odisea que duró un día y medio. 
Estaba a punto de salir de cuentas, creo que faltaban 3 o 4 días. Yo, siempre en busca de señales, quería que hubiese nacido el 3 de abril, como mi abuelo. Luego dije, pues si no es el 3 que sea el 14 y celebramos la República. 
Pero me desperté el día 9, me arreglé para ir al trabajo porque sí, yo he trabajado como una mula casi hasta el día del parto en mis tres embarazos, incluyendo otro bebe que perdí entre Gael y Naia, algo que de ninguna manera aconsejaría ni haría ahora, y después del trabajo me fui a cambiar una tele que me había regalado mi padre para pre-celebrar el nacimiento de Gael y que era tan grande que ni me cabía en el mueble. 
He de decir que mientras conducía al trabajo, con David de guardián y copiloto porque aún no tenía el carnet, yo sentía dentro una energía que se desbordaba. Vamos, que me dices que toca ir a conquistar un país, y te lo conquisto y además sin bajas; ese tipo de energía, algo que no puedes explicar de dónde viene, pero te invade irremediablemente y sabe exactamente qué hacer aunque tú aún no seas consciente.

Así ha sido mi vida desde entonces, quizás también desde antes, una versión de mí que impera sobre el resto y que tiene una pulsión, una necesidad de justicia y verdad y una vocación de servicio que no se puede parar de ninguna manera, un llamado muy profundo desde un lugar muy sagrado que honro siempre en la medida de mis posibilidades hasta las últimas consecuencias.

Aquel día, el 9 de abril de 2008, normalmente una fecha entorno a Semana Santa, parece que nadie quería trabajar y estuvimos como media hora esperando en Media Markt a que nos atendieran para el cambio de la tele. 

Llegamos a casa sobre las 4 de la tarde y me puse a cocinar unas muy aleatorias chuletitas de cordero.
Aquí apunto que una semana antes había estado en el hospital porque cogí una gripe tremenda y, pese a la euforia que me invadía aquel día, me habían dado el alta en urgencias pidiendo estar alerta por si empeoraba y estaba francamente débil físicamente.

Mientras David instalaba la nueva tele empecé a encontrarme, digamos regular desde mi filtro optimista. Me tumbé en el sofá y de pronto perdí la visión del lado izquierdo. No del ojo izquierdo, de cualquier cosa que estuviera a la izquierda como en una suerte de cable pelado, que, de hecho, lo estaba de alguna manera. Me sentaba, me tumbaba y no desaparecía. Comencé a preocuparme cuando me golpeó una migraña insoportable y entendí que era el momento de ir de nuevo al hospital porque algo estaba pasando y no era precisamente bueno.

Como no quería alarmar a nadie, intenté transmitir tranquilidad, a mi hermana, sobre todo, que era la que tenía que llevarme al hospital y lo hice tan bien que tardó unas tres horas en venir, la pobrecita, aterrada. Yo disimulaba lo mejor que podía lo mal que me encontraba y llegamos a urgencias de maternidad del Hospital de Getafe, donde mi amiga Eva, que trabajaba allí, esperaba noticias, porque ya le había dicho yo que la quería en el parto y que vigilara al niño para que no le hicieran nada que no debieran.
Enseguida me atendieron y pusieron calmantes para el insoportable dolor de cabeza que comenzaba a preocuparme. Vinieron muy pronto con una conclusión, tenía preeclampsia y había que inducir el parto. A las 11 de la noche las piernas no paraban de temblarme, algo ligeramente similar a una sensación que he tenido hoy: tu cuerpo, que por más vehículo que sea es quien en realidad tiene el poder, hablando con tu alma, diciendo que algo que va a cambiarlo todo está a punto de ocurrir.

Gael ya es mayor de edad y siento que también yo alcanzo un punto clave en mi camino. Hoy, por fin, soy la madre que quería ser cuando le recibí hace 18 años. Incluso antes, cuando le pensé, cuando quizás ya nos habíamos elegido.
Ha sido una aventura maravillosa llegar hasta aquí y mi mayor orgullo es ver cómo mi hijo, declarada y abiertamente feminista, trata a Rita, su pareja. Con qué amor, con qué ternura, con qué sensibilidad. Ahí es cuando sé que lo he hecho bien. No me importa que cuando me abrace me dé palmaditas en la espalda -otro lastre del patriarcado-, me importa que cuando abraza a Rita, cuando la besa, cuando la piensa, cuando la incluye en todos sus planes, sobre todo en los momentos más importantes de su vida, lo hace con un amor, un respeto y una devoción que se desborda.

Mi mayor orgullo es que, tras ese Gael a veces impermeable, está el hombre que merece ser, el que trata con amor las cosas que más valora y haría lo que hiciera falta por protegerlas y mantenerlas, porque sabe que solo a través de seguir ese amor que siente, va a poder ser feliz, le lleve donde le lleve.

Gracias, Coquito, mi cachorrete, el que me bendijo con el nombre más sagrado que un ser humano pueda tener por encima de ser mujer, por convertirme en MADRE. Una madre consciente del privilegio de la maternidad sin por ello renunciar a ser una mujer completa, capaz, vulnerable y valiente. También falible.
Gracias por estos años infinitos y por los que están por venir, sea donde sea, pase lo que pase, nos lleve donde nos lleve.
Siempre estaré al otro lado.

Te quiero más que nadie nunca.