lunes, 28 de septiembre de 2026

El pozo





































El 13 de enero de 2019 caía por un pozo ilegal en Málaga Julen Roselló, un niño de dos años al que rescataron 13 días después sin vida.

El país entero se movilizó tratando de buscar soluciones y asistió en directo, retransmitido casi 24 horas al día, al posible milagro.

Pese a que parecía imposible, hasta el último momento, todo el mundo mantuvo la fe. Abrazó la unidad y la esperanza.

A lo largo de esos 13 días, decenas de personas, incluyendo niños de los que nunca sabremos sus nombres, morían o “desaparecían” en el Mediterráneo intentando llegar a Europa. Muchos cientos de niños más morían a causa de la desnutrición en distintas partes del planeta. Cientos de niñas violadas.

Han seguido amontonándose los cuerpos, unos encima de otros en el olvido, en los despachos de los que mandan.

La falta de clase política, la tibieza y la cobardía de mi país me avergüenza una vez más en un momento en el que todo parece importar más y menos que nunca. Pero a mí ya no me caben más muertos en el pecho. Ni más gente sin casa, arrojada a un mar de desidia institucional.

Gracias a Dios queda gente con alma. Personas que son capaces de dejarlo todo por defender aquello en lo que cree, que sabe que uno solo tiene lo que merece si es capaz de luchar por ello y defenderlo porque, lamentablemente, hay algunos que creen que tienen más derecho que tú a la paz, la dignidad, el alimento, el hogar o la vida.

Gracias a Dios la gente que camina a mi lado siembra conmigo bondad, solidaridad y compasión. Qué honor y qué privilegio semejantes compañerxs de viaje.

Gracias por permitirme ser luz entre tanta sombra que se cierne.



El pozo

            A Elsa


Si la vieras con sus ojitos cerrados hecha un ovillo…
La piel pálida y perfecta, los labios como a punto de dar un beso.
La barriga abultada sobresale por debajo de la ropa y
la redondez de su ombligo es el colofón del milagro.

De aquel granito de alpiste nació un colibrí.

Si la vieras, con su pelo castaño y sus coletas,
si hubieras podido escuchar cómo ríe, la verdad que guardan sus manos
—sus manos como penínsulas donde todo es música—.
Si hubieras sido testigo de lo firme y tierno de sus pisadas.

Nadie está preparado para el abismo.

Si vieras a la madre atravesándola de amor,
desplomándose a sus pies la desidia de lo cotidiano,
desapareciendo cuanto quema
con solo tocarla, olerla, respirarla.

Un ritual de amor al que obliga la especie y la sangre.

Latir con ella, amamantarla, celebrarla y anteponerla siempre.

Quién te prepara para el abismo,
para el drama del mar y la patera,
para los labios morados,
el pecho inmóvil,
el corazón roto.

No puede ser real el mar,
irreal la orilla,
posible la guerra de la que huyen.

Y se llena el mar de hijos
que acaban inmóviles
con su cara en la arena.

Otros en el fondo marino,
invisibles, descompuestos,
olvidados.

Ellos son también mis hijos,
a todos les abrazaría,
pero desaparecen antes siquiera
de poder pensarlos.

Nadie al otro lado los acoge.

Desaparecen como arrojados en un pozo.

Malditos los pozos
por donde caen nuestros hijos
y nosotros con ellos.

Los pozos; esquivados,
maldecidos.
Doble el puñal.

Son las siete de la mañana,
mi hija duerme ajena a tanta pérdida.

Me recuesto sobre ella.
Galopa su pecho en mi oído.
Lloro, agradezco.

Sólo un niño tuvo nombre.

El pozo se llama España.




lunes, 31 de agosto de 2026

La llamada

 













































Hay algunas llamadas que uno no puede dejar de esperar y a la vez temer porque en realidad son puertas a dimensiones desconocidas. Y digo desconocidas, pero lo cierto es que no lo son, uno sabe perfectamente lo que hay al otro lado.
Son llamadas que uno siempre atiende aunque, en mi caso, será una rareza que coincida el momento de la llamada con mi atención sobre el teléfono, que siempre está en silencio y boca abajo, lejos de mi realidad. Se me perdone la demora.

Pero cuando mi hermana me llamó supe de qué llamada se trataba. Y parecía la última. Cogí un avión que llegó a medianoche. Mi primo Sergio me esperaba para llevarme directo a Córdoba.
Llenamos las cinco horas de carretera tratando de mantener la calma, desgranando nuestra disparatada infancia, lo divino y lo humano, viendo estrellas fugaces, hablando con gatos mientras el coche, milagros absurdos de la tecnología del S. XXI, se cargaba para que pudiésemos proseguir el viaje. Mi hermana nos esperaba en Trassierra, en casa de mi prima María.

Cuando llegamos el alivio era no haber recibido ninguna llamada. Si todo iba bien a la una del mediodía podríamos ver a mi padre.
Se esperaría en esas circunstancias la llamada que te traiga la sorpresa de una mejoría inesperada, pero uno sabe que si suena el teléfono es para anunciar la catarsis.

Los días que siguieron fueron extraños, dolorosos, confusos, pero pese a lo crítico del momento, lo que había era paz y un amor que hicieron que acabáramos recitando poemas y cantando, hablando de metafísica, del amor y la amistad y diciéndonos que nos queremos mirándonos a los ojos y sin miedo.

Cada vez que muere resucitamos ambos más y mejor.

Así las horas se llenaron con gente muy querida, lecturas de tarot y conversaciones maravillosas en la cafetería del hospital regadas con cerveza bien fresquita para paliar las brasas cordobesas.
Y se llenó de tiempo con mi hermana que nos permitió ver eclipses, tormentas eléctricas que parecían invasiones alienígenas y le descubrí Cuatro pesos de propina, otro regalo de Spotify. 
Pero sobre todo nos acompañamos, sonreímos y nos agradecimos la presencia.

El día del eclipse me permití vivir el milagro, la coincidencia de los astros y los elementos. He decidido permitirme la vida, entera, como viene, con todas sus bendiciones, para seguir honrándola, colmándola y colmándome de propósito, alegría y amor.

Así que cuando mi padre salió de peligro, volví a Cambridge. Ya ha podido volver a casa y sigue mejorando poco a poco.

Le vamos todos perdiendo el miedo a la próxima llamada porque en realidad, si uno se para a pensar, una llamada es uno mismo anunciándose desde otro lado, recibiéndose desde otro cuerpo, desde otro lugar del tiempo y el espacio.
La magia de reconocerse es saber que pase lo que pase, siempre hay donde volver o donde quedarse.

En casa vivimos en el presente.
Gael, a punto de empezar la universidad, es un hombre fascinante. Pasamos horas hablando, encontrándonos, conociéndonos, creciendo el uno gracias al otro. También él necesitaba permitirse la vida. Qué bonito cómo nos la permitimos juntos.

Naia comienza Year 11 en unos días. Va a ser un año de cambio, de enfrentarse a su propia naturaleza y empezar a domarla, de decidirse a ser quien es, de darse alas y cuerda.
Ese es también el proyecto que tiene con Bam Bam. Naia, susurradora de caballos, ya tiene un plan. Sólo necesita irse liberando del miedo: permitirse sentir, pero no atender esa llamada. Tiene que encontrar cómo conectar con la otra, la que te busca para decirte que todo está bien. No me cabe duda de que sea lo que sea donde ella ponga el corazón, le llevará a buen puerto.

Elsa, mi pequeño pajarito, canta cada día desde un lugar más mágico y se encarga de sorprenderme con su inteligencia, su carisma, su energía arrolladora. Quiere y a la vez no quiere crecer. Tenemos un lenguaje propio de miradas y silencios, bailamos y cocinamos juntas, salta en mí como si fuese un mono, reímos a carcajadas...
Un paraíso, mi niña bonita.

Yo he aprendido a ser lo que toque en cada momento siempre y cuando respete mi esencia, a convertirme en lo que haga falta para honrar lo que soy y represento; por encima de todo un amor que siento la fuerza del Universo. No como si el amor que siento viniera del universo; es que siento el universo entero en mí. 
Ese es el amor que habito. Esa es mi llamada.