domingo, 31 de mayo de 2026

Toros y toreros



















































En mayo me he visto de nuevo en el ruedo, con el miedo de cara y la sensación de no controlar absolutamente nada de mi destino.

Así deben sentirse los toros en la plaza, donde ni una sola alma quiere salvarle la vida. Incluso si ganara la injusta batalla, acabaría igual de muerto y deshonrado.

El toro no puede elegir nada salvo defenderse o rendirse.

Una vez más mi padre me llevó a esa plaza que tan poco me gusta, la de sentirme desposeída de todo poder, a merced de la marea.

Aproveché para recordar todo lo aprendido en los últimos años, a reconocer el valor de las oportunidades cuando asoman y no desperdiciarlas nunca, sobre todo si el contrapeso es el miedo.

He conocido a gente maravillosa y reconectado con personas de mi vida que me importan mucho y permanecerán en mí para siempre.

De una de las fotos que le hice a mi padre mientras estaba en el hospital, me dijo que parecía un torero. Unas horas más tarde entraría en coma para recuperarse milagrosamente, una vez más, y acabar mejor de lo que estaba antes de este episodio del que yo concluyo que al final ha sido un regalo porque me ha permitido disfrutarle unos días y con él a mi hermana y la legión de gente que nos rodea y quiere.

A la vuelta un poco de todo y muchísimo calor para despedirnos del mes por todo lo alto, con una barbacoa en familia. Un privilegio tan grande como el de tomar conciencia de que, como mi padre, también soy un toro, mucho más que torero, y que no importa por dónde venga la suerte. Como él, yo también voy a salir siempre por la puerta grande.


jueves, 30 de abril de 2026

De Roma y sus caminos









































¿Cuántas maneras hay de llegar a un mismo sitio? ¿Cuántas veces el mismo camino resulta diferente y los nuevos conocidos?

Reflexioné mucho acerca de ello cuando hice el camino de Santiago. Entonces era voluntaria de Cruz Roja y fue un viaje iniciático, uno de esos de los que no se vuelve. O se vuelve, claro, pero siendo distinta. Dos grandes acontecimientos ocurrieron. Durante el camino cumplí la mayoría de edad y, a la vuelta, desarrollé súbitamente el arte de la blasfemia heredada de mi padre, como por generación espontánea, igual que cuando, milagrosamente, aprendí a aparcar después de haber estado dos semanas sin conducir. Hacía un año que me había sacado el carnet y aparcaba francamente mal, al punto de que a veces formaba colas en la calle y lo que hacía era pedirle al del coche de atrás, muy simpaticona yo, que si me lo podía aparcar, que los espacios eran contados y si no, no nos íbamos a mover ninguno. Siempre se apiadaban y me lo aparcaban. A mi favor diré que conducía un Seat Ibiza Comfort rojo con letras JH, que por supuesto significaba José Hierro y yo, para darle una dimensión nueva, le llamaba Pepiño. Pero Pepiño era macizo, no tenia dirección asistida y a veces ni Hulk Hogan para mover el volante. Un día -debí haber desarrollado músculo también- de pronto no dudé de cómo hacerlo y simplemente lo hice desde entonces sin dudar. Es como aprender a caminar, no importa cuándo o en qué camino. Una vez que aprendes la mecánica, ya todo depende de suelo que pises. Todos están llenos de piedras-dudas hasta que dejas de dudar y simplemente continúas, un pie detrás del otro, pese al cansancio, al dolor, al absurdo quizás del viaje. No puedes dejar de maravillarte con todo lo que trae, por cada sitio al que te lleva y todo engrandece aún más lo anterior. 

Al final de lo que se trata es de que cada uno llegue donde le llame la vida pero sobre todo de que cada paso nos contenga, que nos lleve siempre con nosotros, hacia nosotros, donde nos esperamos a nosotros mismos y nos miramos orgullosos, reconociéndonos, agradecidos de haber llegado a Roma, no importa por qué camino.

Y cuando digo Roma, quiero siempre decir amor.