Rodeado de margaritas, guiado por ellas desde que nació, le despedimos con gratitud, amor, dolor, música, vino y poesía.
El 31 hubiera cumplido 78 años.
Se fue el día 1, con sus tres hermanos menores arropándole, comenzando o cerrando el círculo explicado en un octubre de 31 días, cuantos más mejor, resumen de su vida y su muerte, pero justo al contrario.
Ahora el día de los muertos celebraremos la existencia, como él nos enseñó. Y el día de su muerte también.
Un par de semanas antes de morir mi madre, a finales de mayo de 2004, le dieron el premio Tiflos a mi padre por Música de sombras. Ella, entonces ingresada en el hospital por un cáncer incurable
diagnosticado apenas dos semanas antes, se “escapó” para el evento. Estaba radiante.
Todos fingíamos que no pasaba nada, pero sabíamos y ya sentíamos lo que estaba a punto de ocurrir. Aun así, nos permitimos vivir el “triunfo”, a duras penas, como si tuviésemos toda la vida por delante. La tita Adelita, que siempre nos ha mirado con tantísimo amor, nos tomó la última foto de familia. Estábamos felices, juntos, vivos.
Con esa foto anunciábamos su partida:
«Anoche Manolo Romero volvió con Margarita Hierro. Su voz –eterna– su humanidad, su alegría y fuerza casi sin límites han dejado una huella profunda e imborrable en quien le ha conocido y su estela permanecerá en tantos corazones como tocó encarnando la poesía, la música, la pintura y la lucha por la libertad».
Por más que uno se prepara, el dolor que sigue es insondable. Tanto más insondable cuanto mayor haya sido el amor, la conexión, los momentos gracias a los cuales eres posible.
Del maravilloso legado humano y espiritual que me han dejado mis padres, la joya de la corona es, sin duda, mi hermana. Gracias, papá, mamá, por semejante tesoro. Por mi vida, por mis hijos, por todo lo que gracias a vosotros, vuestra vida y vuestro ejemplo, es, ha sido y será posible.
Os elijo eternamente. Os amo y agradezco sin límites.
Gracias por darme esta vida tan llena de luz pese al dolor que me rodea.
¡Salutem pluriman!


