domingo, 31 de mayo de 2026

Toros y toreros



















































En mayo me he visto de nuevo en el ruedo, con el miedo de cara y la sensación de no controlar absolutamente nada de mi destino.

Así deben sentirse los toros en la plaza, donde ni una sola alma quiere salvarle la vida. Incluso si ganara la injusta batalla, acabaría igual de muerto y deshonrado.

El toro no puede elegir nada salvo defenderse o rendirse.

Una vez más mi padre me llevó a esa plaza que tan poco me gusta, la de sentirme desposeída de todo poder, a merced de la marea.

Aproveché para recordar todo lo aprendido en los últimos años, a reconocer el valor de las oportunidades cuando asoman y no desperdiciarlas nunca, sobre todo si el contrapeso es el miedo.

He conocido a gente maravillosa y reconectado con personas de mi vida que me importan mucho y permanecerán en mí para siempre.

De una de las fotos que le hice a mi padre mientras estaba en el hospital, me dijo que parecía un torero. Unas horas más tarde entraría en coma para recuperarse milagrosamente, una vez más, y acabar mejor de lo que estaba antes de este episodio del que yo concluyo que al final ha sido un regalo porque me ha permitido disfrutarle unos días y con él a mi hermana y la legión de gente que nos rodea y quiere.

A la vuelta un poco de todo y muchísimo calor para despedirnos del mes por todo lo alto, con una barbacoa en familia. Un privilegio tan grande como el de tomar conciencia de que, como mi padre, también soy un toro, mucho más que torero, y que no importa por dónde venga la suerte. Como él, yo también voy a salir siempre por la puerta grande.