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martes, 7 de agosto de 2012

Los primeros pasos














Acaba de comer un yogur y ahora está completando el desayuno con unas cuantas galletas. De fondo la música oída hasta la saciedad que su hermano llamó en su día tetete. Aunque a ella no le hace falta. A ella le llega la música desde dentro, se pasa el día cantando su cumpleaños feliz en distintas versiones y, de no ser porque soy testigo de todas ellas, no me lo creería si me lo contasen porque la cantidad de matices, entonaciones y sentidos que es capaz de darle a cada una es realmente increíble.
El día de mi cumpleaños decidió hacerme el mejor regalo: sus primeros pasos. Tardó una semana más en lanzarse del todo pero qué emoción dios mío, ver que por fin conquistaba la bipedestación. Ahora va borrachita de un lado a otro sin parar, resplandeciendo, tocándolo todo. Le encanta el agua, bañarse en la piscina y se lanza temeraria a salpicar, a sumergirse, como si no existiese el miedo.
Sigue comiendo muy bien y las lentejas y el puré de mamá es lo que más le gusta, amén de las patatas fritas, que le vuelven loca.
Ella habla sin parar en su idioma entre el que pueden entenderse siempre Lula, Ilde y Nana, agua, más, mamá, papá y un "Hola ..ael" que lo mismo vale para su hermano que para su primo. También ha cogido aficción a decir No por sistema a prácticamente todo lo que le digas pero de una manera muy simpática y provocadora. También llevando la contraria es un encanto.
Le gusta mucho pintar y jugar a recoger al ritmo de A guardar, canción que también canta con una gracia sin igual. Abraza y da besos como nadie. Se acerca, te agarra la carita con suavidad y te planta un besiño. Indescriptible momento. Inmejorable.
Su pelo, tal como auguraba ya desde que estaba en la barriga, es manifiestamente rizado y se le forman unos caracolillos por detrás que quitan el sentío. Qué pena que mis habilidades como peluquera sean inexistentes. Aun así lo intentaré, porque con lo linda que es mi princesa, merece todo mi esfuerzo para que no parezca que cada día la ha peinado un padre, con todo mi respeto a los padres, en especial a los que sí saben peinar.
Mi niña sólo tiene un defecto y es que chilla con una intensidad y a un volumen que la hacen a veces ligeramente insoportable. Magnífica defensa contra los constantes ataques de su hermano que no para de chincharla pero... ¡puf! esto es para vivirlo. Por lo demás, sigue siendo un diez. Mi niña es un diez absoluto y sigue siendo el mejor regalo cada día, el más dulce, el más intenso, el más alegre, el que más feliz me hace.

lunes, 7 de mayo de 2012

La princesa cantarina













Ha comenzado por fin, con seis meses de retraso, a gatear. Llama a todos los perros Nana, señala las cosas con su dedito y te dice Mia, para que mires los prodigios que reflejan sus ojos con un entusiasmo del que sólo ella es capaz. Dice también casi Agua y entre carjacadas canturrea lo que parecía una especie de salmo que solo ella entendía y que era algo así como Yeye hoho. Cuando lo repetía unas tres veces, decía Bieeeeeeeeeeeeeeen y aplaudía como una loca. Hoy he descubierto que se trata de "Cumpleaños feliz" y cuando se la cantas se queda embobada y feliz y se pone a deleitarte con su propia y extraordinaria versión. Nunca tan manida canción fue tan melodiosa y bella.
Ya come de todo y disfruta como una auténtica Romero. Lo mismo le dan garbanzos, albóndigas o comida china. Todo lo saborea despacio, disfrutándolo, masticándolo un poco con sus siete dientes de ratoncilla, un poco con sus adorables encías de bebé.
También nos ha regalado momentos únicos acunando, besando y abrazando como si fuese una verdadera mami a su nueva muñeca. Es pura ternura mi princesa. Insisto en que es un diez y ni siquiera las monumentales rabietas que agarra de vez en cuando, sobre todo cuando no la coges en brazos porque estás haciendo otras cosas, pueden eclipsar la alegría que desprende siempre, la inmensa felicidad que es capaz de producir.
Mi niña es un tesoro, es un regalo, el mayor que haré o recibiré jamás.

sábado, 11 de febrero de 2012

Adiós al bebé






Cada día, ese niño pequeño que se dejaba mecer, abrazar y besar, esa pequeña criatura tierna que pedía tetete y se volvía loco por una papapa, está más lejos. Ya es mayor, ya se fue, casi del todo, mi bebé, aunque sé que detrás de todas esas cosas que le hacen parecer mayor, aún puedo encontrarle.
Hoy, después de mucho tiempo, hemos comido lo mismo que aquel día en el fuimos al hospital porque Gael debía nacer. Ya han pasado casi cuatro años y me parece increíble. Maneja el ordenador con más soltura que yo, habla como un loro mentirosillo con una fantasía desbordante. Es tajante, muy tajante en sus ideas y voluntades, caprichoso a veces hasta el extremo y otras sorprendentemente generoso.
Y lo más grande para él en este mundo es su padre. Por encima de todas las cosas, lo que más feliz le hace es pasar el tiempo con él. Y David -entre niños se entienden- encantado.
A mi me ha tocado el papel de madre bruja que le obliga a comer, a bañarse, a dormir... Que le dice esto no, y esto tampoco. Y él recurre a su papi que inventa para él historias disparatadas que acaban con su rabia y con su pena.
Cuando les veo hablando, casi de igual a igual, me imagino cómo será cuando él sea padre y pienso que entonces, detrás quizás de las canas y de los años, le veré como si él fuese su propio hijo, y al tiempo en su versión adulta, convertido en su padre. Y detrás de ambos a mi bebé, que me descubrió que lo más hermoso de la vida y la auténtica felicidad empezaba cuando nació.